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lunes, 27 de junio de 2011

Into a landscape


Un náufrago cuyos deseos yacen enterrados
en un tiempo-estancia agonizante.
Su cuerpo que en unos cuantos años
ha olvidado la formalidad
en tanto que se haya libre
pues consigo mismo se ha sincerado.

Esa libertad que en días es vencida por la nostalgia;
fugaz instante de vacío,
que en ocasiones se prolonga
con el infinito de su memoria- Recordar,
la actividad más temida por él,
curiosamente también por otros tantos-nosotros;
ermitaños de una urbe
cuya maravilla radica efectivamente en ese caos,
en la contemplación silenciosa e interior
de un entorno que desquicia
pero que al mismo tiempo encanta.

Into a Landscape donde el antes y el ahora se fusionan;
una creación que en días como hoy, produce melancolía.

Sensación producto de la mezcla entre piedra, mármol y vidrio.

El soplido ferviente de una bandera-cual nación se derrumba;
símbolo que recalcitrante murmura
sobre los muertos de esta guerra absurda.

Luego los árboles de hojas moradas que figuran
honorables-guardias posmodernos.
Las palomas ratas-voladoras en busca de tierra firme,
porque en el  fondo están cansadas
de aquella sensación surrealista que se multiplica.

Vuelan en círculos representando la danza,
rito que emerge del clack clack de María Magdalena.

Catedral retumba-llama a la salvación de los indignados,
de los insalvables que juntos ruegan por un milagro,
mientras el cardenal disfraza la perversión de su prole.


¡Pero qué cosa más devastadora,
pero qué cosa más maravillosa!
Poder hallar así de simple-un poco de luz,
en ese pozo de podredumbre.


martes, 27 de enero de 2009

Locomotora incansable

Una visión invertida del andar nos permite mirar a la urbe como un espacio que resguarda cuerpos inertes. Como simples personajes que se adecuan a la rutina, seres pasivos que caminan por las calles inconscientes del espacio que los “resguarda”.[1]

La urbanización representó la solución inmediata a las necesidades económicas de una sociedad que se veía afectada por el crecimiento en la productividad agrícola y su baja demanda; un desarrollo sin límites; un salto más en la “evolución humana”. Sin embargo dicha evolución ha venido cobrando su precio, y es que el ser humano vulnerable a su proceder, se ha convertido en un artefacto más de la gran ciudad. A nuestro alrededor todo parece mantenerse en movimiento; las luces de los semáforos, las ruedas de los autobuses, o el abrir y cerrar de las puertas en el metro; nuestros pasos empero , permanecen estáticos, nuestros pensamientos alienados; y los habitantes de las grandes ciudades entran en un estado de somnolencia.

El humano reposa mientras la ciudad se yergue sobre sus ideales; y es que a todo esto, dónde queda la identidad, a dónde se va la esencia. El individuo deja de ser dueño sí mismo para entregarse a un sistema donde pierde su existencia autónoma, donde la producción de la conciencia, las ideas y las concepciones queda en principio directa e íntimamente ligada con la actividad material y las relaciones materiales de los hombres.[2] .

Es así como en el plano de lo general se disuelve la definición de individuo. Es decir, Yo soy Yo en tanto me encuentro conmigo mismo, sin embargo, el concepto del Yo entre la multitud desaparece; entonces aquella necesidad de comunicación se reduce a un mero intercambio de ambigüedades, nuestro pensar se encuentra seguro mientras permanezca en silencio. Con esto inferimos que esa conexión que demanda la gran ciudad está carente de sentido.

Resulta un hecho que una vez que el hombre hizo intervención en la naturaleza, quebranto su propio ciclo.

El exceso de elementos urbanos como imágenes, sonidos y aromas transforma la condición del ser humano. El individuo ahora, es un ser capaz de jugar con su sistema perceptivo, acelerándolo a velocidades desquiciantes para adaptarlo a su entorno. Las emociones se convulsionan ante la realidad del hombre que no puede detenerse y es que la ciudad es una locomotora incansable, que no permite hacer paradas. En cambio cada día parece tener más necesidades. La vida en la urbe exige celeridad, un requisito que sólo puede cumplirse cuando dejas de ser parte de ti mismo y te entregas a ese modus operandi.

La urbe es entonces materia y sus habitantes aquellas partículas que la componen, productores de razón pero al mismo tiempo generadores de caos. La fórmula se descompone, la ciudad se mantiene viva mientras la humanidad reposa por tiempo indefinido.

El hombre hizo uso de su imaginación para mejorar su calidad de vida, lo que nunca imaginó fue que un día aquella creación, tomaría el control y nos orillaría a ceder nuestra esencia.

Por ello en los próximos años, sería conveniente que antes de actuar con la intención de medrar nuestro estado, recordáramos la valiosísima tercera ley de Newton.

A toda acción corresponde una reacción en igual magnitud y dirección pero de sentido opuesto.
Tercera ley de Newton.


[1] Forma agradable de decir nos consume
2 Marx –Engels, Ideología alemana: Tesis sobre Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana
Ed. Cultura popular México 1975 pág. 36